Annita's profileEspacio de anahidPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
March 31 PAREJAPareja
|
||||||||
|
La fuerza de la Iglesia Armenia son sus vínculos reales con los seres humanos" | |
"Oh misterio profundo, inescrutable, sin principio, quien ha adornado su supremo reino en la residencia de la luz inaccesible, y con esplendor consumado los coros de los ángeles." Las palabras de entrada de la liturgia salen de la catedral de Echmiadzín y se desvanecen en el jardín del claustro, donde las primeras hojas verdes de los árboles se abren con el sol primaveral. "Con indecible y milagrosa fuerza creaste a Adán semejante a tu señorial imagen y vestístele con suntuosa gloria en el jardín de Edén, lugar de encanto." La catedral de Echmiadzín, del siglo IV, ha sido restaurada. Los escasos andamios que aún quedan en torno al edificio son los últimos vestigios de los enormes trabajos de renovación realizados en los últimos años. Aún es necesario llevar a cabo pequeños retoques para que la catedral vuelva a resplandecer con toda su magnificencia durante las festividades oficiales del 1.700 aniversario de la proclamación del cristianismo que celebra este año la Iglesia Apostólica Armenia. "Por medio de los sufrimientos de Tu Santo Unigénito,renovose toda la creación y el hombre se inmortalizó otra vez adornado con vestimenta inviolable." Hace 1.700 años el rey armenio Dertad III (Tirídates III) declaró el cristianismo la religión oficial del Estado, haciendo de Armenia la nación cristiana más antigua del mundo. San Gregorio el Iluminador Y lo que es peor aún: 38 jóvenes cristianas, que habían huido buscando refugio en Armenia para escapar a las persecuciones de que eran víctimas bajo el reinado del emperador romano Diocleciano, cayeron entre las manos de Dertad III. Una de ellas, llamada Hripsime, atrajo la atención del rey Dertad, que se enamoró de ella "más allá de toda medida" y quiso hacerla suya. Pero Hripsime se negó a ser la esposa de un rey pagano. Tras crueles suplicios, la mataron junto con las otras jóvenes -- la única que pudo escapar fue Santa Nino, que más tarde habría de cristianizar Georgia. "Como castigo por ese horrendo delito, Dertad contrajo la lepra, zozobró en la locura y tuvo la terrible visión de que le había crecido un hocico en medio del rostro." Entonces, su hermana Chosroviducht, ya convertida al cristianismo, le recordó que Gregorio continuaba preso. Dertad III perdonó a Gregorio, quien oró y curó al rey de su enfermedad incurable. Tras el milagro de esta cura, Dertad III se convirtió al cristianismo; se hizo bautizar juntamente con toda la familia real y, el año 301, declaró el cristianismo religión oficial del Estado de Armenia. San Gregorio el Iluminador fue el primer katolikós de la Iglesia Armenia. La catedral de Echmiadzín se remonta también a la época de San Gregorio, quien la hizo construir el año 303 sobre las ruinas de un templo precristiano. Según la leyenda, el propio Jesús elegió el lugar y se apareció a San Gregorio para comunicárselo. Se explica así también el nombre de Echmiadzín, que significa "Aquí bajó el Unigénito". Actos para conmemorar el aniversario "La celebración de este aniversario es importante para toda la cristiandad", destaca Su Santidad Gareguin II Neressian, quien, desde 1999, está al frente del Katholikosado de la Santa Sede de Echmiadzín, lugar de origen del cristianismo armenio. "La nación armenia es la pri mera nación que elevó el cristianismo al rango de religión oficial." Para Gareguin II, esto no es sólo un gran honor, sino también una gran responsabilidad para con la cristiandad. "Al comienzo de un nuevo milenio, estamos llamados a aportar nuestra contribución al mundo." Según Gareguin II, entre las tareas más urgentes de la iglesia se encuentra "la necesidad de organizar la vida de la humanidad según los mandamientos de Dios". Desafíos con los que se enfrenta la Iglesia Apostólica Armenia Son muchos los logros que ha obtenido la Iglesia Apostólica Armenia, durante los últimos diez años. Ha formado a más de mil educadores en sus centros de enseñanza cristiana y se ha dedicado con mucho ahínco a la formación de sacerdotes. Sin embargo, Su Santidad Gareguin II sabe que diez años de esfuerzos por parte de la iglesia no pueden contrarrestar los 70 años de dominación soviética restrictiva con sus secuelas religiosas y espirituales: "No tenemos suficientes maestros de religión, necesitamos más sacerdotes y más iglesias. Sigue habiendo ciudades en las que no hay iglesia." El padre Michael, primado interino de Gyumri, hace un balance análogo: "Actualmente, tenemos en esta región cuatro sacerdotes para aproximadamente 360.000 personas. En estas condiciones no es posible servir a los fieles como lo desearíamos." Con unos 120.000 habitantes, Gyumri, en el noroeste del país, es la segunda ciudad de Armenia. Hace aproximadamente 13 años hubo un terremoto en el Norte de Armenia. Con una intensidad de 6,9 grados en la escala Richter, el terremoto que sacudió esa región de Armenia el 7 de diciembre de 1988 fue el más violento de los tiempos modernos. Las fuentes oficiales notificaron entonces 23.000 muertos; pero, según estimaciones no oficiales, la cifra se situó entre 50.000 y 80.000 muertos. Quinientas mil personas se encontraron sin techo y la cuarta parte de la capacidad industrial de Armenia fue paralizada en una noche. Algunas personas viven todavía en barracas construidas a toda prisa en aquella época. Las ruinas de las casas se yerguen hacia el cielo y, delante de la iglesia Yot Verq (iglesia de los siete estigmas), las dos torres que cayeron durante el terremoto continúan haciendo guardia. A las gentes les duelen aún las heridas del pasado, que se suman a las nuevas que se han abierto actualmente: Gyumri tiene un índice de desempleo muy elevado. El padre Michael se inquieta por la cantidad de suicidios, el abuso de estupefacientes, la prostitución. "No hay ninguna esfera de la existencia humana que no concierna a la iglesia", dice. "Para nosotros, cada día representa un nuevo desafío, y no sabemos qué otros desafíos nos reserva el futuro." Sin embargo, el padre Michael se muestra confiado: "Esta no es de ninguna manera la época más difícil que ha vivido la Iglesia Armenia. Cuando miramos a nuestra historia, percibimos que ni las persecuciones ni la opresión han conseguido separar al pueblo armenio de su iglesia. La fuerza de la Iglesia Armenia son sus vínculos reales con las personas, así como sus bases democráticas... Los armenios aman su Iglesia, porque la nación armenia debe su supervivencia a la Iglesia." La idea dominante del 1.700 aniversario es que "la luz de la enseñanza de Cristo brille en cada casa y cada familia", explica Su Santidad Gareguin II. A lo largo del año de celebraciones, una gran cruz iluminada con neón brillará cada noche en el centro de la capital Ereván, recordando a los automovilistas y a los peatones su herencia cristiana. "Este aniversario ha atraído a la iglesia a personas que se habían alejado", dice Gareguin II. Así pues, las festividades serán también una expresión de la renovación de la iglesia y del renacimiento de la vida religiosa en la era postsoviética. La cúpula de la futura catedral San Gregorio el Iluminador, que se recorta en el cielo de Ereván, es un testimonio elocuente, como también lo es el hecho de que el momento culminante de los actos de celebración del aniversario, los días 21 a 23 de septiembre, coincidirá con el décimo aniversario de la independencia de Armenia de la dominación de la Unión Soviética. Una joven pareja lleva a su hijo recién nacido a la catedral de Echmiadzín. En un banco del jardín del claustro, una anciana con un pañuelo en la cabeza está sentada al calor del sol primaveral. Y abriré la boca para invocarte, Padre celeste, con voz valiente para cantarte y alabarte. La liturgia ha terminado. Un sacerdote atraviesa rápidamente el jardín del claustro con un ramillete de claveles violetas en la mano. "Si se despoja a un armenio de su piel, debajo siempre se encuentra el cristianismo" dice un viejo proverbio armenio que Su Santidad Gareguin II nos transmite a modo de despedida. Este artículo fue redactado durante una visita a Armenia y a Nagorni Karabaj que efectuaron miembros del equipo de "Información" del Consejo Mundial de Iglesias en abril. Es el primero de una serie de artículos que se publicará con ocasión del 1.700 aniversario que celebra este año la Iglesia Apostólica Armenia. |
¿Te dejaron suspendida entre el cielo y el infierno? ¿Tu corazón yace dormido en el sopor de tu impotencia y lacerante indiferencia? ¿Te sientes como una mofa humana con ojos insensibles ante el dolor? ¿Porqué estás triste, por qué te sientes así?… ¿Será que te mintieron? ¿Te manipularon? ¿Te engañaron? ¿Te traicionaron? ¿Te abandonaron? ¿Destrozaron tu confianza y tus anhelos? ¿Rasgaron en dos el lienzo de tu esperanza? ¿Rompieron en mil pedazos el cáliz sagrado de tu hermoso corazón de mujer?
Si alguna vez te has hecho estas preguntas amiga lectora, te invito a transformar esas impresiones tan dolorosas que han dejado profundos surcos o grietas en tu alma devastada por tu propio desaliento.
Miren ustedes corazones bellas: Cuando alguien llega a irrumpir e invadir drásticamente nuestro valle encantado de mágica inspiración femenina, usurpando de manera grotesca, machista, cínica y altanera, todas las colinas del pensamiento enamorado de una mujer, es como descubrir abruptamente el lado oscuro de un destino que nos parece injusto, y que definitivamente no estábamos preparadas, ni capacitadas para recibirle ¿cierto?
¡Para todo se prepara la mujer en esta vida, menos para la frustración, ni para el fracaso!
Entonces, ¿Qué hace una mujer cuando se siente burlada, herida, engañada, traicionada, denigrada, vejada, manipulada, maltratada y devaluada en lo más íntimo de su ser?
¿Lo saben ustedes?… ¡La mujer acude primeramente a sus lágrimas!, consulta a su propio corazón, pregunta y se vuelve a inquirir una y otra… y muchas veces más, en medio de grandes crisis emocionales: ¡Dios mío! ¿Por qué me sucedió esto a mí?
Hay una razón poderosa mis bellas, y vamos a conocerla aquí y ahora: ¿Les parece?
¡Atentas por favor!, que vamos a develar el gran misterio que encierra la máxima Obra del Creador en todo su esplendor.
La mujer, amigas queridas, es el vaso hermético donde se gesta la luz, el cáliz o sagrario divino del universo más celestial, que encierra los profundos misterios del amor, en todo su pensamiento, sentimiento, vida y razón.
Cuando Dios escogió el corazón de la mujer para morar en él, todo el cuerpo de la mujer se convirtió en su templo. Y el Señor no mora únicamente como un huésped de paso en nuestro corazón. Él habita permanente y majestuosamente en carne viva, con su sangre preciosa en las corrientes de nuestras venas, mostrando su fuerza, su poder, su sabiduría, y su gloria en cada neurona de nuestro cerebro femenino, y en cada célula inteligente de nuestra sabia, hermosa y tersa piel.
La mujer es la máxima expresión de la belleza y el amor del mundo. Parece increíble ¿verdad? Pero esto lo podemos evidenciar plenamente en el candor de su mirada, en el valor de su sonrisa, en el verbo de su voz y en la ternura sin igual que posee un corazón de mujer.
Y el corazón de una mujer amigas, no es una simple máquina que trabaja de manera incesante, latiendo acompasadamente en su ritmo cardíaco para nutrir de sangre al resto del organismo, como si fuera una bomba mecánica sin sentido, ¡NO! El corazón de la mujer es donde Dios nos ayuda con las decisiones de vida.
Y se preguntarán ustedes: ¿Entonces por qué si Dios vive dentro de nosotras permite tanto sufrimiento?… ¡Vaya pregunta!
No es que Dios permita tanto sufrimiento amigas; somos nosotras mismas quienes alteramos la leyes del amor con tanta intransigencia, capricho y necedad de hacer siempre nuestra voluntad, a costa de sacrificar al verdadero amor que vive y habita gratuitamente en nuestro corazón.
Queremos lograr las cosas más triviales e inútiles de esta vida transitoria casi a la fuerza, olvidándonos que llevamos un Rector Superior en el alma. Y que es ese Maestro Interior quien nos coloca con toda su misericordia a veces en los dinteles de las más grandes pruebas de humildad y humanidad, para ver cómo reaccionamos ante las viscisitudes de la vida. ¿No es acaso por el fuego por donde se prueban los más preciados metales?
Pero cuando cerramos los ojos al entendimiento, cuando apagamos la voz de nuestra conciencia, cuando dejamos de ser creativas, objetivas y mujeres espirituales, cuando nos alejamos de las emanaciones divinas de nuestro Padre que mora y vive en secreto dentro del corazón, cuando se nos olvida que como mujeres, también somos ninfas celestiales, siervas, hijas mensajeras y las representantes más elevadas del Dios-Amor en la tierra. ¿Con qué derecho queremos conquistar al amor? ¿Con qué derecho pedimos y hasta exigimos amor?
Se quejan algunas mujeres de que no reciben amor, se lamentan de que no es valorado el amor que ellas entregan, y sería muy interesante investigar de manera seria, profunda, personificada y muy estrictamente privada las causas vitales de sentirse en quiebra amorosa, teniendo tanto amor en su corazón.
Preguntémonos sinceramente: ¿Cómo, dónde, cuándo, por qué y a quién estamos dosificándole y cosificándole nuestro propio caudal de amor? ¿Damos amor acaso para recibirlo? ¿O tenemos que esperar primero a recibir amor, para dar incondicionalmente nuestro propio amor?
Como «tristeza o pesar del bien ajeno», y también como «emulación, deseo honesto», define la Real Academia de la Lengua el término «envidia». La primera de esas acepciones exige, sin duda, ser matizada y, sobre todo, completada; respecto a la segunda, debo decir que cae fuera de aquello de lo que deseo ocuparme en estas notas. Se corresponde bastante bien –ésta última– con eso que se ha dado en llamar envidia sana, para distinguirla de la otra, de la envidia como mal o vicio moral (como pecado capital, en la tradición cristiana), y a la que, por contraste, habría que calificar de insana, maligna o perversa. Y a veces hasta el uso del término «envidia», en esa segunda significación recogida por nuestra Academia, resulta, incluso, excesivo, o, si se quiere, no deja de ser una forma de hablar, una manera de utilizar el concepto en sentido figurado, porque cuando nos servimos del verbo «envidiar» para referirnos a un deseo honesto, nada queremos decir sino que lo deseamos. En cuanto a la envidia como emulación, como el afán o el anhelo de llegar a ser como alguien, o incluso de alcanzar los mismos logros que ese alguien, tampoco implica, necesariamente, el sentimiento de envidia como tal, aunque la emulación, por sí misma, según el cómo y el hasta dónde se emule (o se trate de emular) a otro, puede llegar a constituirse en vicio autónomo, y no pocas veces en una de las manifestaciones posibles de la ridiculez. Así es (en tanto que emulación) como parece verla Mandeville, cuando la considera pasión útil y provechosa, en la medida en que la emulación es un motor importante del progreso (en las artes como en las ciencias, o en la propia vida moral). Y Voltaire, que le sigue en este punto, sostiene que, en efecto, la envidia, así entendida, espabila la pereza y agudiza el ingenio de todo el que desea equipararse a otro; y, aunque no deja de reparar en la diferencia que existe entre ambas, esto es, entre envidiar y emular, afirma que, después de todo, quizá «la emulación no es más que la envidia que se contiene en los límites de la decencia». Sospecho, sin embargo, que la envidia decente –de la que habla Voltaire–, lo mismo que la envidia sana –de la que hablamos nosotros– no son (como ya se ha sugerido a propósito de la última) envidia propiamente. No existe una envidia sana o una envidia decente: la envidia es envidia o no lo es. Y cuando realmente lo es, sólo lo es de una forma.
Pues bien, de esto es de lo que yo deseo hablar: quiero hablar de la envidia en cuanto tal, de la envidia en sentido fuerte (en la primera de las acepciones de nuestra Academia). De esa envidia de la que decía Gracián que es «gran asesina de buenos y aun mejores, sujeto muy a propósito para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines», dueña de esos sujetos que «porque se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo –continúa Gracián–, perdía él los dos; reían de lo que otros lloraban, y lloraban de lo que reían (…) gustando mucho de hacer aplausos de desdichas y campanear ajenas desventuras». Una envidia que tan importante papel desempeña en algunas cosmogonías y mitologías, incluidas las de la tradición judeo-cristiana: por envidia, nacida de la soberbia (de quien a menudo es hermana), se rebela Lucifer contra Dios, deseando, no ya equipararse a él, sino suplantarlo (no se debe hacer mucho caso de quienes afirman que el pecado del Diablo fue de lujuria, al sentir deseo carnal de las hijas de los hombres, porque no hay que pensar que un ángel incorpóreo pueda experimentar deseos corporales, y, sobre todo, porque cuando se consumó la desgracia del ángel caído todavía no había hombres que tuviesen hijas). Y por envidia (nos enseña el Catecismo) tentó (bajo la forma de serpiente, animal asociado desde entonces a este vicio) a Eva, introduciendo, así –eso se nos dice–, la muerte en el mundo. De modo que no es extraño que la envidia fuese considerada por San Agustín como el «pecado diabólico por excelencia». Y también por envidia se consumó el primer homicidio de la especie humana; sí, mas también por celos (en los que aquélla nunca falta): porque la verdad es que Caín debía de estar un poco harto de que Dios no tuviese ojos mas que para Abel, pareciéndole sólo excelentes las ofrendas de éste y desdeñando a cada paso las suyas.
2
«Envidia» (invidia) proviene de la voz latina invidere, que significa «mirar con malos ojos». Y, en efecto, este «mirar mal», «no poder ver a alguien», ha sido, desde siempre, uno de sus rasgos distintivos. Así es también como nos dibuja Gracián a las víctimas de este pecado, a los que se puede reconocer entre los bebedores de la fuente de los engaños porque: «Cosa rara que, aunque a algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal; debían ser envidiosos». Recordemos, a este respecto, como el «mal de ojo» o aojamiento (tan arraigado en la tradición popular asturiana), causado principalmente por mujeres y cuyas víctimas mayoritarias eran niños, se consideraba con frecuencia deliberado y era atribuido a la envidia (nuevamente mezclada con celos) que la malvada mujer tenía de la madre y del niño, para proteger al cual se le colgaba del cuello un amuleto de azabache en forma de mano o puño cerrado, llamado puñerín o puñeres.
Pero el mirar mal no es el único rasgo asociado a la iconografía de la envidia. Gracían (de cuya asistencia estoy abusando en estas notas) la ve de color azul. Quiero decir que ve de color azul la estancia o aposento de la envidia en la venta del mundo: «Otro se veía de color azul, cuya hermosura consistía en deslucir los demás, y desdorar ajenas perfecciones; adornábase su arquitectura de canes, grifos y dentellones; su materia eran dientes, no de elefante, sino de víboras, y aunque por fuera tenía muy buena vista, pero por dentro aseguraban tenía roídas las entrañas de las paredes, mordiánse por entrar en él unos a otros». Como se puede observar, además del color azul, vuelve a insistir Gracián en el mirar, y a ellos añade la serpiente y el morder (a los demás) y el corroer (a uno mismo), como elementos asociados a la representación gráfica de la envidia.
En la iconografía de ésta casi siempre hay serpientes (aunque en la arquitectura medieval no faltan las representaciones en forma de sapo, o como un monje acompañado por un perro feroz –recuérdese el morder–). Así, por ejemplo, Poussin la presenta como una mujer cuya cabellera está formada por serpientes (al igual que la Envidia griega, hija del gigante Palas y la laguna Estigia). Y tampoco ha dejado de sugerirse, de un modo u otro, su efecto corrosivo sobre quien la padece, bien haciéndola aparecer como una mujer flaca y seca, bien mediante otro símbolo alusivo. En la representación que en este momento tengo delante (que es obra de Giotto de Bondone, y que se encuentra en la Capilla de los Scrovegni, en Padua), ese símbolo es un fuego que arde a sus pies y dentro del cual se consume. Lleva en su mano izquierda una saca, es de suponer (por lo abultado) que provista de buenos dineros, lo que da a entender que no le importa al envidioso cuánto posee, lo que cuenta es lo que poseen los otros; acaso menos, pero, aun así, igualmente envidiado. Parece salir de una puerta, en cuyo marco apoya su otra mano, y mira a los lejos, a su derecha, donde tal vez acaba de divisar a alguien a quien hacer objeto de su pasión. La oreja que vemos es enorme, presta siempre la del envidioso a recoger todo aquello que alimente y pueda servir a su propósito, que no es otro que la destrucción del envidiado. Por último, en su tocado podría adivinarse una serpiente y, en todo caso, es claro que otra sale de su boca (porque la envidia suele ir acompañada de la injuria, la calumnia y la maledicencia) y, enroscándose, se vuelve contra ella, apuntando directamente a sus ojos, mostrando así que, al cabo, la víctima principal de tal pasión es el envidioso mismo, siendo también él quien más sufre como consecuencia de su vicio.
3
Mas, ¿qué envidiamos y a quién? Creo que no exageraremos si afirmamos que los motivos por los que se envidia son casi siempre los mismos que aquellos por los que se miente y por los que se mata: sexo y poder (incluyendo como variedades de éste último la riqueza y los honores o la fama). Y, forzado a ello, hasta optaría por mostrarme más adleriano que freudiano en este aspecto, y me conformaría con mencionar el poder, no sólo porque los logros sexuales pueden ser vistos como una forma de poder, sino también, y acaso principalmente, porque el poder (en cualquiera de sus manifestaciones) consigue allanar sensiblemente el camino hacia ellos.
Que el objeto de envidia suele ser alguien próximo, resulta bastante obvio. Tal cercanía no se refiere necesariamente al espacio (aunque con frecuencia así es también), sino, principalmente, al tiempo. Ningún aprendiz de compositor envidiará hoy a Mozart; a lo sumo, su sentimiento hacia él tomará la forma de lo que hemos denominado «envidia sana», y se presentará antes como afán de emulación que como envidia, en sentido estricto; es decir, no pasará de ser una de las maneras posibles de admirar a alguien. Incluso cabría ir más lejos y afirmar que se envidia, no ya al que es sólo contemporáneo, sino al que, además, es coetáneo o de edad similar (digamos de la misma generación): la diferencia de edad, si es mucha, creo que reduce sensiblemente también las probabilidades de que brote la envidia; acaso por el joven siempre puede pensar que dispone de mucho tiempo para llegar donde ha llegado el viejo (y aun superarle), y a éste le queda el consuelo de pensar que eso nunca será así.
De donde venimos a dar en que la envidia se suscita, frecuentemente, entre iguales. Ya Hesíodo señaló que hasta el pobre envidia al pobre. Ahora bien, esa igualdad no se circunscribe forzosamente (como parece dar a entender Hesíodo) a la igualdad de oficio o profesión (aunque sea el oficio de pobre), si bien es cierto que ésa es una de las fuentes primordiales de la envidia, de donde resulta que es verdad eso que suele decirse acerca de que a la gente no siempre le resulta fácil ser colegas y amigos a un tiempo. Pero es claro, también, que existen muchos motivos en el envidiar que nada tienen que ver con las ocupaciones de cada cual, por lo que la igualdad de la que hablamos, para ser más exactos, hemos de referirla no a la ocupación, sino al deseo: envidiamos a quienes desean y quieren lo mismo que nosotros. Aristóteles lo vio perfectamente al observar que envidiamos a quienes aspiran a lo mismo que aspiramos nosotros. La envidia (creo yo) tiene mucho que ver con la rivalidad; por eso, cuando ésta es imposible, no es fácil que brote aquélla. De ahí que no se envidie (que no se pueda envidiar) a quien ha vivido tiempo atrás, y ni siquiera a aquél de quien nos separa un gran número de años; de ahí también que no envidiemos a quien persigue en la vida objetivos enteramente distintos a los nuestros.
Pero la igualdad requerida tiene aún otro sentido. En efecto, no cabe la rivalidad entre dos individuos cuando la desproporción que presentan para aquello que podría ser objeto de envidia resulta excesiva. Volvemos a estar hablando de nuevo de una forma de proximidad: cuando alguien ve a otro demasiado lejano e inalcanzable, no suele envidiarlo. Por eso con razón dice Hesíodo que el pobre envidia al pobre; así es: con mucha más frecuencia de lo que envidia al rico. Se envidia a quien hace o tiene algo que nosotros nos consideramos perfectamente capaces de hacer o consideramos absolutamente factible poseer. Aristóteles, mas también Espinosa y Hume, repararon con toda certeza en esta cuestión. Oigamos solamente al último: «La envidia –escribe Hume– nace de una superioridad en los otros, pero es observable que no es la gran desproporción entre nosotros lo que provoca la pasión, sino, al contrario, nuestra proximidad. Una gran desproporción interrumpe la relación de las ideas, y o bien nos guarda de compararnos con lo que está lejos de nosotros o bien atenúa los efectos de la comparación». La misma idea la encontramos también en el Compendio moral salmanticense, donde (haciéndose eco del pensamiento de Sto Tomás) se observa finamente que: «La envidia no se verifica entre el Superior e inferior en cuanto tales, cuando la suerte del Superior excede en mucho la del inferior; porque como dice S. Tom. el plebeyo no tiene envidia del Rey, ni el Rey la tiene del plebeyo. Dase, pues, la envidia entre los iguales, o entre los mayores, cuya mayoría no es muy distante de la condición o clase del envidioso».
Me parece que con lo dicho podemos considerar establecido, al menos en sus rasgos esenciales, el retrato robot del envidiado. Recordémoslo brevemente: alguien contemporáneo, casi siempre de una edad similar, que desea lo mismo que nosotros ( y a veces incluso se dedica a lo mismo) y a quien no reconocemos una superioridad manifiesta: alguien, en definitiva, próximo e igual. Alguien también (recordémoslo) con quien sería posible rivalizar; y si la proximidad del envidiado lo es, asimismo, en sentido espacial (nuestro conciudadano, nuestro vecino), tanto mejor: la posibilidad de competencia y rivalidad se torna notable, y, por lo demás, la presencia constante, o por lo menos frecuente, es en la envidia, como en otras pasiones, un elemento adecuado para mantener avivado el fuego.
Seguramente por eso hay quien considera insoportable que su vecino, su compañero de trabajo o un simple conocido, aparezca un par de horas en la pantalla del televisor y, al mismo tiempo, sea capaz de pasarse los días de claro en claro viendo a otros individuos (a quienes no conoce, por supuesto) encerrados en una casa, y cuyo único mérito parece consistir en aguantarse los unos a los otros. Es también el motivo por el que otro considera intolerable (y hasta injustísimo) que su vecino gane 300 euros más que él, y masculla su resentimiento mientras se informa, con vivo interés, acerca de los millones que le ha costado su nueva vivienda al famoso de turno.
Yo no sé lo que haya de decirse en lo referente a la envidia entre los españoles ni tampoco entre los asturianos (y, en cualquier caso, lo que se diga no pasará de ser una generalización como otra cualquiera). Dicen que los franceses son chauvinistas (ahí va otra generalización), que un francés pondera lo suyo y presume de lo que conoce, que podría, por ejemplo, zanjar una discusión con estas palabras: «¡A mí me lo vas a decir! Has de saber que mi vecino es uno de los más importantes (lo que sea) de Francia, y he hablado con él miles de veces de esto mismo». En esta mi Asturias más bien se suele oír lo contrario: «¿Esi?¡Pero qué sabrá esi: si conózculu yo, ye vecín miu!». Declaración que no sé yo si no revelará una profunda modestia en quien así habla: al menos da a entender con toda claridad que alguien como él no podría conocer ni tener por vecinos más que a menos, mentecatos e incompetentes. Lo cierto es que con frecuencia lo lejano, lo extraño y lo ajeno nos suele parecer excelso, en tanto que lo propio, lo conocido y lo próximo se nos antoja despreciable.
Pero, en fin…, prosigamos nuestras pesquisas hablando ahora no del envidiado, sino del envidioso.
4
Probablemente haya sido San Gregorio Magno quien mejor y de forma más concisa ha perfilado la disposición anímica a que predispone la envidia así como los sentimientos (y acciones) que suelen acompañarla: «De la envidia –dice– nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad».
Que la envidia engendra tristeza y pesar en quien la padece es algo que se ha repetido muchas veces (recuérdese la definición de nuestra Academia). Lo señala Aristóteles, en formulación que se hace cargo, además, del hecho de que sólo se envidia a los iguales: «la envidia –leemos en Retórica– es un cierto pesar relativo a nuestros iguales por su manifiesto éxito en los bienes citados, y no con el fin de (obtener uno) algún provecho, sino a causa de ellos mismos». Así lo entiende también la tradición cristiana: «Tristitia de bono alterius», la define el Compendio moral salmanticense, que entiende, al tiempo, que las más de las veces no pasa de ser un pecado venial. Y tal es, asimismo, la idea que se defiende en el actual Catecismo de la Iglesia Católica: la envidia, concebida como «una de las formas de la tristeza», se define como: «un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave –añade– es un pecado mortal». Y ni siquiera ha faltado quien sugiere (acaso exageradamente) no considerarla propiamente un vicio moral, sino un dolor: «La envidia y los celos –escribe J. Bentham– no son vicios ni virtudes, sino penas.»
Menos se ha insistido en su relación con la alegría (supongo que por considerarla obvia, es decir, obvia cuando se produjere la desgracia del envidiado). Sí lo ha subrayado Platón, cuando en Filebo, tras mostrarse Protarco de acuerdo con Sócrates en que la envidia es «dolor del alma», añade éste que, sin embargo, «el envidioso se va a revelar gozando con las desgracias ajenas». Se trataría, pues, según Platón, de una mezcla de dolor y de placer.
En cuanto a su relación con el odio, hay que decir que acaso la envidia no exige –como observa Hume– la existencia previa de odio al envidiado, pero, es claro (añadiría yo) que acaba por engendrarlo. Espinosa, que nos considera envidiosos por naturaleza, entendiendo, por su parte, que el odio es una forma de tristeza, y que la envidia no es sino el mismo odio, recogerá, en fórmula acabada, todos los elementos que hasta ahora venimos señalando, incluido el placer que a veces comporta tal pasión: «La envidia –se dice en la Ética– es el odio, en cuanto que afecta al hombre de tal manera que se entristece con la felicidad de otro y, al revés, goza con el mal de otro». Ignoro hasta qué punto Espinosa ha podido tomar esta idea de Descartes, pero lo cierto es que la encontramos también en éste: «Así, pues, en tanto que pasión –escribe el filósofo francés–, la envidia es una especie de tristeza mezclada con odio que proviene de ver el bien que les ocurre a quienes se juzga indignos de él». Y, en fin, permítasenos recordar, por último, a Goethe, quien afirmará que: «El odio es un descontento activo, la envidia, uno pasivo, por eso no debe extrañarnos que la envidia se convierta tan rápidamente en odio».
Si a este cuadro añadimos la presencia de cólera y rencor (como sugiere Hume), y la injuria, calumnia y maledicencia a las que frecuentemente conduce la envidia, creo que podemos comenzar a ver dibujarse el perfil del envidioso. Yo no dudo, desde luego, de esto último que acabo de señalar (me refiero a la cólera y el rencor), ni tampoco que la envidia es una forma de odio, o al menos, que conduce a él: la pasión del envidioso sólo puede hallar satisfacción en la destrucción completa del envidiado, su caída en desgracia total, su desaparición física incluso (en contra de lo que opina Castilla del Pino, yo creo que esto calmaría suficientemente a quien envidia: sospecho que no hay amor eterno más allá de la muerte, pero estoy seguro que no hay envidia que alcance al difunto en su sepultura, sencillamente, porque la posibilidad de competencia y comparación ha desaparecido, y, como ya he señalado, considero que éstas son algunas de las condiciones esenciales para el envidiar). Pero todo eso sólo desde un odio intenso puede sentirse y desearse.
Tampoco dudo que la envidia genere tristeza y pesadumbre en quien la padece, al punto que cabría afirmar que, de los dos individuos a los que liga tal pasión, es el propio envidioso quien más sufre a causa de su vicio, y no ya porque sea verdad, o deje de serlo, aquello que repetían Sócrates y Platón sobre que es mejor padecer el mal que provocarlo, sino porque, con frecuencia, el envidiado ni siquiera llega a enterarse de que lo es, a menos que el envidioso ponga en circulación la calumnia y la injuria a las que con frecuencia su mal le abocan; pero aun en ese caso –y por graves que sean los efectos que se sigan para el envidiado–, no dejará el envidioso, en medio del gozo que le provoca el mal del otro, consumirse en el fuego de su propio tormento.
Tristeza y pesar (alegría, a veces), odio y rencor, cólera y maledicencia: he ahí, ciertamente, algunos de los compañeros inseparables de la envidia, pero sospecho que se precisan aún algunas cosas para completar el cuadro.
5
Porque, en definitiva, ¿qué es la envidia? De las muchas definiciones que han sido propuestas, considero que una de las más apropiadas es la de Adam Smith, quien la define del siguiente modo: «La envidia es aquella pasión que ve con maligna ojeriza la superioridad de quienes realmente merecen toda la superioridad que ostentan». Y es que sólo cabe hablar propiamente de envidia cuando el envidiado es realmente merecedor de aquello por lo que se le envidia; en caso contrario, el sentimiento de rechazo que suscita, antes que motivado por la envidia, lo estaría, como señala Aristóteles, por la indignación. Este es el motivo por el que Descartes, confundiendo ambas –envidia e indignación–, sostiene que aquélla no es siempre pasión viciosa o perversa: «cuando la fortuna envía sus bienes a alguien que es verdaderamente indigno de ellos –escribe– y la envidia sólo surge en nosotros porque, amando naturalmente la justicia, nos enojamos al ver que ésta no se cumple en la distribución de dichos bienes, se trata de un celo que puede ser excusable, principalmente cuando el bien que reciben otros es de tal naturaleza que puede convertirse en un mal en sus manos». Me parece que Descartes tiene razón, lo que sucede es que, como digo, considero muy discutible que un sentimiento tal pueda ser calificado de «envidioso». Con mayor agudeza que Descartes (y también que Aristóteles) repara en esta cuestión el Compendio moral salmanticense «Si ésta (la envidia) fuere –leemos allí– del bien temporal del prójimo en cuanto se persuade, que éste ha de abusar de él en ofensa de Dios, o para otro mal, o por ser indigno de él, o porque él tiene necesidad del mismo, no será envidia. Tampoco lo será, el que uno se entristezca del bien ajeno, en cuanto puede serle a él, o a otros nocivo; pues esto es un temor del mal propio o ajeno, que siendo bien ordenado, no es culpable».
La definición de A. Smith tiene, además, la virtud de conducir la cuestión al ámbito de la dicotomía inferioridad / superioridad, ya que es ahí (según creo) donde se encuentra la esencia de la envidia. Ahora bien, no es preciso que exista (como parecer suponer A. Smith) una superioridad real del envidiado, ni tampoco la posesión de algo que le haga aparecer de inmediato como superior. Más aún: si se da una superioridad real, capaz de establecer una tal desproporción entre ambos que ni al propio envidioso pueda pasar desapercibida, no es fácil (como ya se ha dicho anteriormente) que surja la envidia. No hace falta, pues, que se dé una superioridad real, ni es preciso, por tanto, que el envidiado sea de hecho superior (y muchas veces, en efecto, no lo es): es suficiente con que el envidioso lo vea como tal. Y lo verá. Quiero decir que, independientemente de cual sea su propia situación personal, y aun cuando ella sea en sí misma envidiable (en el buen sentido del término), el envidioso encontrará siempre alimento para su pasión, alguien a quien envidiar, porque lo que cuenta para él no es lo que tiene, sino lo que tienen los otros y que, por lo mismo, no posee él; o, visto el asunto desde otro ángulo: lo que importa al envidioso no es lo que tiene, sino lo que cree merecer, y siempre considera merecer más de lo que realmente posee (por mucho que esto sea), y, por supuesto, merecer más que el otro. Desde esta perspectiva, la envidia se nos presenta acompañada siempre por la soberbia («el soberbio es necesariamente envidioso», escribió Espinosa); mas también (y creo que esto no ha sido justamente apreciado) por la avaricia (¿acaso no es el avaro necesariamente envidioso?). Mas esa superioridad que oscuramente el envidioso cree advertir en el envidiado, aunque no haya tal superioridad, y, por supuesto, no una superioridad objetiva, rotunda y manifiesta, debe, por fuerza, cumplir otra condición, a saber: que el envidioso de ninguna manera se halle dispuesto a admitirla, o por mejor decir, que bajo ningún concepto esté dispuesto a reconocer el sentimiento de inferioridad del cual, en realidad, nace su envidia. Y es que, digámoslo de una vez, la envidia es una de las consecuencias de tal sentimiento: el envidioso se siente (aunque en realidad no lo sea, y aunque, por supuesto, no lo admita) inferior al envidiado; y es la envidia, justamente, el rasgo (o uno de los rasgos) que desvela tal sentimiento de inferioridad (no es casual que aquello que se envidia sean, básicamente, distintas formas de poder). Pero aunque el envidioso (como ya hemos señalado) en modo alguno esté dispuesto a reconocer (ni siquiera ante sí mismo) tal sentimiento de inferioridad que la envidia, no obstante, pone de manifiesto, parece, sin embargo, como si fuera presentido por él, y parece, sobre todo, advertir (siquiera vagamente) que al envidiar acabará por descubrirse, y por eso la envidia se oculta y se niega de forma tenaz y manifiesta. Esa es el motivo de que, como observa F. de la Rochefoucauld: «A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales; pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir». En efecto: hacerlo equivaldría a admitir la propia inferioridad («La envidia –dice Napoleón– es una declaración de inferioridad»).
Mas si esto es así como decimos, a saber: que envidiamos, ante todo, diversas formas de poder, y que en el envidiar mismo manifestamos sentirnos deficitarios al respecto, esto es, sentirnos inferiores, se me hace muy difícil creer que, como también se ha dicho a veces, la envidia brote del orgullo («La envidia procede con frecuencia del orgullo», leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica). Yo creo, al contrario, que el orgullo, y también la vanidad, si lo son de veras (sino se tratan, por ejemplo, de oscuros mecanismos de defensa), antes son un antídoto contra la envidia que un catalizador de la misma: quien se siente suficientemente satisfecho y pagado de sí mismo, cierto es que muestra una de las caras posibles de la estupidez, pero justo es reconocerle también que difícilmente incurrirá en el vicio de envidiar. F. de la Rochefoucauld osciló entre ambas consideraciones: «El orgullo, que nos inspira tanta envidia -afirma- a menudo nos sirve también para moderarla». Pienso que se encuentra más acertado en lo segundo que en lo primero.
* * *
De mí sé decir que antes soy orgulloso (una variedad de la tontería) que envidioso. La envidia es pasión que desconozco. Y lo digo de veras, aun a riesgo de que, después de lo dicho, alguien, maliciosamente, podría observar que, si lo fuera, difícilmente podría admitirlo: ¿cómo hacer una declaración pública de tal debilidad? Mas repárese en que también podría callarme. O quizá podría suceder que alguno sospeche que me oculto a mí mismo tal vicio, que me engaño al respecto o que tengo mi envidia relegada al inconsciente. Nada sé de esto último; sólo puedo decir que si envidio inconscientemente, es muy en el inconsciente. Tal vez por eso se me hace difícil suponer tal sentimiento en los demás y verme a mí mismo como objeto de envidia: ni creo tener qué envidiar ni hago nada para que se me envidie. Decía Mark Twain que: «El hombre está dispuesto a hacer muchas cosas para ser amado, y dispuesto a todo para conseguir ser envidiado». Yo sospecho que no hago mucho para que se me ame, pero nada en absoluto para que se me envidie. Y si alguien lo hace (envidiarme), tanto peor para él: no sólo descubrirá su sentimiento de inferioridad, sino también su estupidez. Con todo (eso sí), preferiría que se me envidiará a que se me compadeciera. Obligado a optar, no dudaría en hacer caso del consejo de Voltaire: «Hay un excelente proverbio que debemos seguir, y aconseja que vale más causar envidia que lástima. Causemos, pues, envidia hasta donde nos sea posible.»
|
Una mariposa es un ser vivo; una piedra, no. ¿Qué diferencia hay entre los dos? A nivel elemental, se imponen las semejanzas; a nivel superior, las peculiaridades. Idénticas partículas elementales constituyen ambos objetos y, en un eslabón más, podemos decir que átomos parecidos. En el mundo de las moléculas, comienzan las diferencias, pero éstas se multiplican cuando se penetra en el mundo de les macromoléculas. | |
| A ese nivel, la mariposa parece estar infinitamente más estructurada que una piedra; la mariposa, ser vivo, es infinitamente más ordenada, compleja y rica en información que una piedra, ser no vivo. Si la piedra, en su complejidad, se formó en las primeras horas del día del universo, la mariposa no se formará hasta las últimas horas. | |
Aunque sea difícil afrontarlo y pueda doler un poquito en las paredes del alma femenina, debemos entender y comprender que la mayoría de las veces, somos nosotras las mujeres, quienes le damos más importancia a las palabras ajenas de la que realmente tienen. Veamos por qué, entremos a la parte medular y más emotiva del presente tópico.
|
|
Se dice y es muy evidente que cada cabeza es un mundo distinto, y que cada cual, percibe, entiende y asimila las cosas de acuerdo a su nivel de ser y de saber. El coeficiente intelectual varía en las mujeres, y en el ser humano en general.
Siempre está sustentado en las bases de formación que se haya recibido en la niñez, en la programación que nuestros mayores nos inculcaron y nos impusieron, al mostrarnos sus propias conductas, mismas que aprendimos a imitar, convirtiéndose de esta manera, en patrones conductuales que adoptamos como si fueran nuestros, pero que definitivamente… ¡No lo son!
Entonces, si ya aprendimos a vivir así, si ya nos convertimos de manera voluntaria e involuntaria en productos de imitación, sería conveniente y prudente que hiciéramos un alto en el camino, un paréntesis de vida para someter nuestra vida a la más profunda de todas las reflexiones, con el ánimo de rescatar lo que nos ha servido y desechar lo que nos hizo, o nos sigue haciendo sufrir en el presente.
La mayoría de las veces decimos: “Yo ya soy así, ya no puedo cambiar”, “No puedo ser de otra forma porque yo nací así”,
“Así me enseñaron, así soy y así me voy a morir”, “Es muy difícil y no puedo”, “Yo si quiero cambiar, pero no se cómo lograrlo”, etc.
¡Hey, mujer!… ¡alto allí, detente y lee bien, que esto es para ti!
¿Realmente quieres modificar tu forma de ser, de pensar, de sentir, de actuar y hasta hoy no has podido? ¿En verdad no has podido, o no has querido?. Mira: En tu vida sólo hay dos cosas: Lo que has hecho y lo que no has hecho y punto, no hay más.
Si realmente te interesa mujer amiga, empezar aquí y ahora desde cero radical, inicia analizando tu propia historia, desde que tienes uso de razón y memoria, hasta este momento en que nos lees. Estás triste porque no has podido lograr muchas cosas, pero el darte cuenta de ello ya es un gran paso. Ahora tienes que ver el camino con más claridad, medita y analiza el rumbo que tomaron las cosas y su desenlace.
Es obvio que para eliminar algo, hay que cortarlo de tajo, o difícilmente se irá de nuestro lado,
y de nada serviría darle vueltas y más vueltas al mismo asunto, esperando encontrar respuestas exteriores, porque nadie tiene las mejores respuestas que tu propio corazón.
Quiero mencionar algo que a mi juicio es importante: Todos los momentos vividos son fructíferos en la vida, aunque hayan sido efímeros. Hoy en tu análisis te ayudarás a desatarte de esos lastres que no te dejan ni respirar, te ayudarán a sentirte viva nuevamente, a darte cuenta de que a la demás gente también le interesas, le importas y le dueles, no eres una “cosa”… ¡Eres una gran mujer!
Si te propones a modificar tus actitudes, éstas te ayudarán a rescatar tus valores, a enfrentar la vida por ti misma, a ver con los ojos del alma, a descubrir las cosas que hasta hoy han sido desconocidas para ti. Y por lo que se destruyó en el inter,
ni te preocupes, si valió la pena… poco a poco se irá reconstruyendo y los seres que se fueron de tu lado, regresarán a buscarte como tú lo mereces… ¡Pero paga el precio mujer… modifica tu forma de conducir tus sentimientos y tus conductas! ¡Aprende a gobernar tu vida!
Quizá ustedes piensen: “Es que no se puede, es imposible! Y yo podría contestarles: Es difícil si ustedes lo hacen difícil, ¿Pero si lo hacen fácil?
Entiendo que el dolor de algunas mujeres de nuestra casita virtual es muy grande, y que no existen palabras humanas para describir vuestro supremo sufrimiento y sacrificio, y aún les digo más: Quienes les queremos, les conocemos y reconocemos de manera franca y abierta, sabemos que un solo tema no basta para expresar que lo entendemos, y aunque no servirá de mucho que lo entendamos,
porque cuando se sufre todo es lento, todo es despacio, no hay espacio para disminuir el dolor de las amigas que está sufriendo tanto y de tan diversas maneras.
Sin embargo quiero pedirles amigas queridas, que sean valientes, que sean fuertes, que sean enteras, que sean decididas y definitivas para aceptar “su realidad tal como es” sin mezclar sentimientos. Porque ese vacío tan grande que ahora sienten en su corazón, nada ni nadie lo llenará… ¡Solamente Dios!. Él sabe perfectamente por qué y para qué suceden las cosas, aunque no las entendamos, aunque no nos corresponda a nosotras como mujeres y seres humanos cuestionarlas.
¿Qué te lastimaron mujer?… ¿Y qué?, El hombre que busca burlarse de una mujer, se burla… ¡Y se le acabó!
Las palabras y las actitudes, sólo tienen el valor de quien vienen, y cada cual ya tiene su castigo siendo como es.
Si lo entiendes así, te será más fácil y rápido admitir y trascender, no sólo el dolor por el que atraviesas ahora, sino cualquier otra vicisitud, por más grande que te parezca.
Por lo tanto, darte cuenta aquí y ahora mujer, que la persona que te lastimó conciente o inconcientemente, recibirá en su momento, exactamente y en la misma proporción, lo que te dio, o te hizo a ti y en la forma que actuó contigo, porque todo lo que hacemos en la vida, sea bueno o malo, regresa a buscarnos con sus consecuencias.
Nada se pierde, ni se queda sin premio o sin castigo en esta vida. Todos, absolutamente todos los seres humanos, hemos de cosechar tarde o temprano el fruto de lo que sembramos. ¿Para qué entonces aburrir nuestra mente y enlodar y hasta enfermar nuestro corazón con agravios, amenazas, rencores y resentimientos?, ¿No es acaso más grande la satisfacción y el gozo que se siente en el dar amor, en vez de recibirlo?. ¿Crees acaso que Dios es injusto contigo porque das y no recibes nada a cambio mujer?
¿Crees que Dios se equivocó entonces al darte un corazón tan noble, tan grande y tan sincero, tanto como para haber amado de manera total e incondicional, incluso si amaste a una persona equivocada?
-Yo te digo que no-
Miren amigas, las excusas y los pretextos para no atreverse a transformar las percepciones y
las impresiones que llegan a nuestra vida pueden ser muchas y suelen vestirse de “apariencias” para conflictarnos más el corazón, la mente y los sentimientos.
¿Que te engañaron?… ¿Que te traicionaron?… ¡Caray! creo que ya llegó la hora de que aprendamos a ser mujeres más integrales y soportarlo todo de manera serena, tranquila y con fe…¿Saben por qué?. Porque gracias a Dios tenemos la suficiente capacidad de pensar alto y sentir claro, darnos cuenta que cuando un hombre nos engaña y nos traiciona, no vale la pena luchar por él, no vale la pena seguirle rindiendo tanta pleitesía. No cuenta para el crecimiento interior, cuando una mujer se entrega al dolor por un hombre que no vale nada, o por un hombre que sólo busca su propia satisfacción personal, sin importarle ni lo más mínimo los sentimientos que podamos tener hacia él. ¿Vale la pena entonces consumirnos y morir de dolor por un ladrón que sólo llegó a saquear lo que nos pertenece?
Llegó, tomó lo que nosotros le permitimos o se lo dimos gratuitamente y se fue…nos abandonó.. ¿Y qué?…
¡Pues que se vaya por donde llegó y que le aproveche!. Pero yo me pregunto: ¿Para qué queremos que vuelva un hombre que sólo sabe hacer sufrir, robar y asesinar sentimientos?
Miren amigas, demos gracias a Dios de que haya sido así, mejor que haya sido ahora y no después cuando el daño hubiera sido mayor e irreversible. Acuérdense que de las grandes adversidades nacen las mejores oportunidades, porque siempre amigas… siempre los metales se prueban por el fuego. Entre más resistentes, más valiosos. Y de igual manera sucede con el ser humano ante las terribles pruebas que nos va poniendo la vida, o el destino que tantas veces, y a causa de nuestro dolor, consideramos injusto.
Quiero deciros, que no hay mayor injusticia, ni peor crimen moral que aquél que cometemos con nosotras mismas, al dejar de reconocer o al dejar de aceptar que el dolor mis bellas, el mismo dolor que nos deja un mal de amor, también tiene su belleza oculta, ¿saben por qué?… Porque gracias al dolor, aprendemos a exigir, a tocar puertas, a abrir caminos a nuestro entendimiento, y nos amen o no, las mujeres siempre damos amor, ¿cierto? y damos más y mejor de cuanto se nos pidió o se nos exigió ¿verdad?
¿Entonces para qué esperar mayor correspondencia?… ¿No es acaso mayor bendición dar que recibir? y no es nuestro problema si nos valoraron o no…¡Cuenta doble!
¿Te despreciaron?… ¡Mejor!… mucho mejor para ti, porque tú te quedas con el regalo que obsequiaste y no te aceptaron.
Tampoco perdiste nada y a parte aprendiste, saliste ganando, no hay fracaso sino aprendizaje, no hay derrota sino triunfo y cuenta doble para ti, porque tú lo hiciste con noble y puro corazón y eso tiene un valor fenomenal. ¿No es acaso mejor la verdad (aunque esta sea dolorosa), que quedarte a vivir para siempre abrazada de la mentira?
¿Quién te lastimó mujer?…. ¿Quién te engañó?… ¿Quién te traicionó?… ¿Quién se atrevió a despreciarte?… ¿Quién te juzga, te condena y te desecha al abandono? ¿Fue acaso quien juró amarte y respetarte todos los días de tu vida?… ¡wow… eso es glorioso! porque con hechos y en tu propia cara te demostró lo que realmente es, y lo poco que vale a tu lado y que no es merecedor ni siquiera de una sola de tus lágrimas.
Te diste cuenta a tiempo, y eso es lo realmente valioso, maravilloso, glorioso: Que hayas podido evidenciarlo directamente, -es doloroso lo sé- porque conozco ese dolor, pero ¿hubieras preferido mujer vivir al lado de alguien que está en bancarrota de todos los valores el resto de tu vida? ¡uf!, creo que es lo menos que se merece una mujer.
Nadie tiene derecho de herir a nadie de esta manera, y menos cuando se trata de nuestros sentimientos más profundos, pero también os digo con todo mi corazón a vosotras amigas: Que ustedes SÍ TIENEN EL DERECHO, y todo el derecho del mundo a no permitir que alguien vuelva a lastimarlas de esta manera,
ni de ninguna otra manera, porque quien lo hace demuestra su poca calidad y ética humana y ustedes no están para ser escogidas, sino para escoger. Ahora les asiste una doble razón y no quisiera que la olvidaran al cerrar esta página y apagar su computador.
Ustedes mis amigas bellas, son grandes mujeres y demasiado valiosas como para darse el lujo de darle tanta importancia a quien no la tiene, ni rendirle tanta pleitesía a quien no lo merece. Ya se humillaron, ya se destrozaron, ya se rebajaron, ya hicieron trizas vuestros corazones porque ustedes lo permitieron; pues bien, ha llegado la hora de reconstruirse, de levantarse, de elevar las velas del barco, de soltar las anclas, de volver a empezar desde cero radical y sin quejarse ni hacerse las mártires. Y recuerden: “Nunca está más oscura la noche, que cuando se acerca un nuevo amanecer”.
¡Arriba mis guerreras!, llegó el momento de pensar más en ustedes, más en sus hijos, más en sus familias, más en la belleza de la vida, más en todo…
porque mujeres como vosotras mis reinas hermosas, son las que busca el mundo, son las que necesita su patria, son las que requiere su hogar, son las que ansía la naturaleza, son las que hacen falta en este planeta, son las musas misteriosas con las que sueña el amor y son las mujeres amazonas, fuertes, decididas, guerreras, que sufren, que ríen, que lloran, que aman… ¡Y que exige Dios!
Espero sus valiosos comentarios.
Cita
NOAH GORDONNOAH GORDON
![]()
Noah Gordon nació en Worcester, Massachusetts.
El reconocimiento internacional le llegó con El médico, novela que iniciaba la saga de los Cole, historia que completaría en sus libros posteriores,Chamán y La doctora Cole.
La obra de Noah Gordon fue laureada en Estados Unidos por la Society of American Historians con el premio James Fenimore Cooper; en Alemania, recibió el galardón del Club del Libro de Bertelsmann y, en Italia, fue finalista del certamen literario Bancarella.En España sus libros recibieron en dos ocasiones el Euskadi de Plata, premio otorgado por los libreros del País Vasco.En la actualidad, vive con su esposa Lorraine en Brookline, Massachusetts.
|
|